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Consideraciones sobre el valor del Tango

Consideraciones sobre el valor del Tango

Bailando Tango, Marcelo Solis y Mimi en milonga Parakultural, octubre 2022

Tengo el agrado de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el valor que le damos al Tango y a milonguear, del lugar que adquiere (o le permitimos adquirir) en nuestras vidas, como milongueros, profesionales, docentes, estudiantes, etc.

Estos pensamientos tomaron la forma aforística y diferentes enfoques: directo, metafórico, filosófico, en forma de diálogos con un interlocutor más o menos imaginario o real, como un juego, y como poesía.

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No se puede bailar bien el Tango si no se hace de ello una prioridad. Muchos creen que priorizan bailar Tango, pero en realidad lo que hacen es mantenerse en las orillas de este. Proponerse la tarea de bailar Tango implicaría quizá una crítica profunda de la propia manera de vivir, nuestros prejuicios en relación a lo que consideramos valioso: un tiempo eficiente, productivo, que nos enriquece de una manera que puede “objetivamente’ medirse, contabilizarse a través del dinero, que resulta apreciado por la mayor cantidad de personas y podría contarse con la cantidad de “me gusta” recibidos, por la cantidad de votos obtenidos, por los premios ganados, por el número de participantes en una clase o una milonga, o un evento cualquiera, o por la cantidad de tandas bailadas en una milonga; por oposición a un tiempo bello, profundo en emociones complejas y sutiles, sutilezas y profundidades no accesibles a todas las sensibilidades, sino solo a los que poseen suficiente coraje y gusto por la aventura, por los descubrimientos poderosamente transformadores, de los cuales seríamos quizás los únicos protagonistas y testigos. Claro que es entendible que para la mayoría, para los cuales lo sutil y complejo es algo problemático, las cantidades objetivas y las ganancias monetarias resulten tranquilizantes confirmaciones de las propias creencias y prejuicios.

Sin embargo, me animo a expresar mis dudas acerca de si es realmente posible bailar en general, y bailar Tango en particular –considerando al Tango como la única manera que todavía nos queda para bailar por entero– sin realizar una investigación y una crítica de nuestras asunciones y prejuicios en relación a la manera en la que concebimos nuestras vidas. Por ejemplo: el prejuicio de que aquello que no produce ganancias económicas importantes es algo de poco valor.

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La mayoría se siente culpable por disfrutar. Considerar que lo que no implica sufrimiento no tiene valor, o su valor es negativo, es otro prejuicio.

La profunda alegría que produce el Tango para los que lo disfrutamos, no es, sin embargo, el objetivo final que nos hace bailarlo. Esa alegría es un producto secundario. Es la sensación que produce todo lo que permite volvernos más fuertes y más sabios, más seguros de nosotros mismos y de nuestra originalidad.

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En nuestras vida cotidiana siempre estamos tratando de hacer caber más y más acciones en el menor tiempo. De ahí, probablemente, provenga el hábito de tratar de poner demasiados pasos y adornos en nuestro baile.

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Un académico estudia su materia, un religioso estudia su libro sagrado.

El que baila Tango estudia su cuerpo, la música, la cultura del Tango, entrevista en un marco de amistad a los milongueros más expertos para indagar en la experiencia subjetiva de aquellos que lo bailaron desde mucho antes y le dedicaron sus vidas.

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Con el Tango se demostraría que la música, para ser bailable, no necesita ser superficial.

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Bailar Tango es bailar bien, y eso no es algo que se logre con cualquier persona. A lo sumo, cuando la persona con la que bailo no me permite bailar bien, me puedo proponer “bailar lo mejor posible”. En este caso, la experiencia de bailar queda degradada, no llega a ser bailar Tango.

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El baile es una proposición de verdad que puede ser siempre refutada, contradecida, mejorada, o parcialmente modificada por otro baile. La verdad aquí significa una manera de vivir, una respuesta a la pregunta “¿Cómo vivir?”.

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Tu baile puede presentarte a vos mismo tu propia manera de querer y de vivir, tus ideales, tus valores, como si fueras otra persona que te estuviera viendo –algo así como la impresión que te dio verte en un video por primera vez–, y si estás de acuerdo con ello, si estás orgulloso o avergonzado de ello, y en consecuencia, si estás orgulloso o avergonzado de tu vida. Luego, te permitiría revisar tus valores, cambiarlos si lo considerases sinceramente necesario, o cambiar tus sentimientos en relación a tus valores. Te puede quizá inclusive permitir revisar y restablecer tu honestidad respecto de vos mismo.

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Aprender a vivir sería quizás aprender a bailar con el mundo. Manejar los tiempos de modo no mecánico: con emoción. No apurarse. No perder la paciencia. No estresarse. Lograr moverse siempre con elasticidad, suavidad y control. Equilibrio en todos los aspectos. No agotarse. Llegar al final del día o de cualquier actividad con un final elegante.

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Ser un buen bailarín implica una búsqueda de cada vez mayor equilibrio, control y soltura en tus movimientos, tanto en el aspecto físico como en el espiritual. Bailar podría conducir a una consciencia mayor acerca de tu propio cuerpo. Esto repercutiría en una preocupación por desarrollar hábitos cada vez más saludables, y así desarrollar una relación más equilibrada con la gente que te rodea y contigo mismo. Bailar podría significar conocerte mejor a ti mismo y a las personas en general. Bailar Tango sería entonces continuamente aprender a ver la vida desde la perspectiva de una persona que baila. Bailar Tango sería algo así como bailar tu vida.

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Todo lo que incorporamos –lo que permitimos que nos alcance–: los alimentos, las personas que dejamos participar de nuestras vidas, lo que leemos, la música que escuchamos, nuestros hábito adquiridos, etcétera, nos constituye y daría forma a todo lo que hacemos, incluyendo nuestra manera de bailar.

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La agilidad hace posible la espontaneidad.

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Así como ser feliz no es la representación de ser feliz, bailar Tango no es la representación de bailar Tango.

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¿Qué es bailar bien? No hay respuestas objetivas que lo determine. Solamente podemos referirnos a las emociones que nos produce.

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Sentido de realidad generado gracias al baile del Tango a travez de la inevitabilidad del cuerpo. Esto es opuesto a la realidad virtual. Sin embargo, hay posibilidades de engañarse también en el Tango. Por ejemplo: los pasos memorizados, enfocarse en lo adyacente del Tango (lo sexual, lo emocional, lo irracional o lo racional, etc.) dejando el cuerpo real –el cuerpo que puede soportar una pelea– eclipsado, oculto, pospuesto, evitado, eliminado.

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El problema que aparece cuando no tenemos fortaleza y elasticidad internas es que tensionamos la musculatura exterior, perdiendo elasticidad, llevando la estructura ósea hacia una rigidez frágil, volviéndonos espiritualmente inseguros y vulnerables. La rigidez corporal es también rigidez espiritual.

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Bailar es un continuo superarse. Bailar –en su sentido más profundo– sería quizá devenir el ser del devenir, deseando y actuando para que a cada instante nuestro baile sea mejor, más bello, más convincente y profundo.

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Sobre mirar a la pista de baile. Mirar bailar. Al principio no vemos nada. Poder bailar -saber bailar- aumentaría con esa capacidad para ver y entender lo que acontece ahí. Para mirar también habría que saber estar solos. El miedo y/o la incapacidad de estar solos quizá no nos permite mirar. No mirar es no verse. ¿Por miedo?.

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Es posible que nos perdamos en las infinitas superficies que nos ofrece el Tango y que nunca exploremos su profundidad. Cuando descubrimos el Tango, descubrimos al mismo tiempo que hay algo bello, profundo, misterioso y excitante en nosotros. Sin embargo, podría ser muy fácil quedarse allí, en ese encandilamiento inicial, y no animarnos a continuar más allá, hacia el interior del Tango mismo, y de nosotros mismos, quizá porque encontremos aterradores estos dos abismos, estos laberintos en los cuales lo más probable es perdernos y nunca más volver a salir. Lo cierto es que una vez allí, el laberinto nos revela que lo esencial de nuestra vida humana es quizás laberinto, abismo.

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No fines objetivos sino subjetivos son los que deberíamos perseguir respecto del baile.

No bailamos de la misma manera. Para cada uno de nosotros bailar significa cosas diferentes. Diría que para mí el baile puede ser una forma de realzar mi humanidad.

Yo no diría que tengo razón en lo que respecta a bailar Tango (o cualquier baile), solo que como no estamos de acuerdo, prefiero no discutir sobre esto porque, y por lo que veo en tu forma de bailar, no creo que tengas nada que decir en contra de mi opinión.

Sin embargo, si lo deseás, me complacería compartir con vos mi comprensión de lo que es bailar.

Esto es algo que no puedo explicar solo con palabras, porque las palabras no pueden captar más que una parte muy superficial de ello.

No pretendo aquí poseer ninguna verdad, solo que podría haber logrado algo con respecto a mi baile que puedo considerar exitoso, algo que no es un logro hecho y asegurado, sino algo que debe lograrse de nuevo todos los días, cada vez.

Tal vez tengo una comprensión más profunda de lo que es o significa bailar, o tal vez no. Quizás te gustaría saber más sobre mi enfoque, o quizás no te importe. Lo único que podemos dar por cierto son nuestros bailes, cada uno de ellos, en el momento en que estamos bailando.

Quizás sos una persona profunda. Lo que está pasando aquí es que no estás asignando el baile, sin embargo, el estado de profundidad que yo veo en él.

¿Es que mi enfoque contradice mi alegría, mis sonrisas, mis risas, mi ligereza mientras bailo? Yo argumento que no. Reír y bailar son las cosas realmente serias en la vida humana. Bailar y reír es donde comienza la seriedad.

Nunca deberías preguntar por qué alguien no baila con vos. No es de buen gusto. No hay razones objetivas. El gusto y el baile pertenecen al reino de lo subjetivo.

Podrías estar de acuerdo conmigo en palabras; pero más verosímil sería tu conformidad manifestada en tu compromiso con tu baile.

No pretendo poseer la verdad aquí. El baile es un verdadero extraño a la verdad.

No puedo convencerte. Estarás de acuerdo conmigo solamente en lo que ya estás de acuerdo contigo mismo.

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Quizás la mayoría hace los movimientos pero aún no baila Tango.

Emociones: la subjetividad en la danza.

Los movimientos: lo objetivo.

Algo que realmente no podés fingir. Es visible en todo tu ser, tu postura, tus movimientos. No es lo que estás tratando de mostrar a través de tu rostro.

Hay emociones que pueden entrar en conflicto con el baile: ansiedad, enojo, miedo, vergüenza…

Las emociones no provienen solamente de vos. Las emociones, al menos en el Tango, que es lo que aquí nos ocupa, tienen raíces no sólo en vos, sino también en tus relaciones y tu posición frente a ellas, es decir: la milonga como sociedad, tu/s maestro/s, tus alumnos, tus compañeros, con los que te juntás en las milongas, etc.

No es lo mismo ser un completo desconocido en un grupo, como el Tango, que tener amigos que se preocupan por vos, maestros que te animan y te ayudan a ser un buen bailarín –porque eso es exactamente lo que un maestro quiere de sus estudiantes. Estoy hablando aquí de la comunidad de Tango como un todo, no en un sentido localizado, como la comunidad de Tango de Buenos Aires. Si el maestro/a que tomás clases en Buenos Aires no está en esa milonga o comunidad local de la que sos parte, aún así su aliento y amor por el Tango moldea las emociones de tu baile.

Tu maestro se preocupa por vos como ser humano. No se trata de que hagas movimientos “perfectamente”. Se trata de ser capaz de expresar y explorar tu humanidad.

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Al final, todos los enfoques subjetivos de la danza serían juzgados cuando todos estemos bailando o no, y cómo, en dos, cinco, diez o más años.

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El tiempo juega a mi favor. Puedo mejorar mi baile. No importa cuanto espere para bailar con esa persona con quien quiero bailar.

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¿Usted no baila? Entonces usted puede tomar en sí cantidades descomunales de stress; puede privarse de dormir, puede comer mal, muy mal… Total, si no va a bailar, ¿qué le importa su cuerpo y su salud, que le importa su espiritualidad y su profundidad?.

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En contraste con el arte mercantilizado, un arte mistongo, honesto, íntimo, que espiritualiza el cuerpo, y lo festeja.

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¿Por qué elegimos bailar con algunas personas y no con otras?

Bailando tango argentino con Marcelo Solis y Mimi.

Lo primero que tendríamos que aclarar es que posiblemente nada es en el baile absolutamente consciente y voluntario, y que el azar juega siempre el papel principal, y hasta me atrevería a generalizar esta introducción a todos los procesos de la vida, y a todo lo existente; pero me voy a conformar y mantenerme en un lugar bastante humilde (lo cual, viniendo de parte de un argentino, pueda despertar cierta incredulidad) hablando solamente del baile, restringiéndome a un caso particular de la vida humana –aunque quisiera que sepan que opino que el baile (en este caso el baile del Tango, al que considero la especie de baile que es más baile que ningún otro baile, es la vida humana por antonomasia.
 
Cuando crecemos y nos volvemos sabios –si no es que tuvimos la rara fortuna de haber nacido sabios–, nuestra sabiduría más útil en lo práctico resulta ser que no deberíamos dedicar nuestras energías a tratar de controlar aquello que está más allá de nuestras posibilidades.
No podemos controlar mucho más que a nosotros mismos, y lo poco que además de nosotros podríamos controlar, lo logramos de todos modos a través de un gran control de nuestras acciones y actitudes.
A medida que aprendemos a aplicar este principio general en los casos particulares que el devenir nos entrega, los bailarines de Tango, es decir nosotros los milongueros, nos encontramos frente a un problema nada pequeño: bailar Tango implica una dependencia muy fuerte de otras personas, las cuales, lo aprendemos continuamente, no podemos controlar.
 
Desde que lo único a lo cual podemos acceder a cierto control es nosotros mismos, aprendemos a ser cada vez más cuidadosos, más meticulosos en la elección de las personas a las cuales otorgamos el privilegio de volvernos dependientes de ellas, de entregarnos, por así decirlo.
 
Entonces podríamos aquí hablar de establecer un contrato con esas personas, un pacto que tiene la belleza de no ser manifiesto, no escrito, no hablado, y que puede ser terminado y renovado libremente por cualquiera de las partes, una relación de privilegio y libertad que bien podríamos llamar amistad; la cual no podría ser definida objetivamente, con por ejemplo una lista de principios y requerimientos. Este contrato, esta amistad, va a ser constantemente definida y re-definida por las subjetividades involucradas.
 
Me estoy refiriendo no solo a las personas con quienes bailamos; también además a las personas con las cuales nos gusta charlar, reir, compartir o sentarnos cerca; porque en la milonga, lo que es nuestro objetivo manifiesto, intuitivo o involuntario, es inspirarnos, lo cual a veces se explica en palabras como “ser felices”, y al mismo tiempo inspirar y provocar felicidad en nuestros compañeros.
 
En ocaciones hemos bailado con alguien con quien hemos sentido tal conexión, tal apertura a manifestarnos, tal propiciamiento para revelarnos en el baile nuestras capacidades máximas, que todo lo que no era bailar desapareció, y el mundo y las otras parejas en la pista de baile estaban ahí de una manera muy imperceptible; todo encontró su sentido y hasta los errores se volvieron necesarios a ese baile, tanto que, ahora lo sabemos, no fueron errores sino caprichosas creaciones coreográficas, hijas del azar y de nuestra fuerza, inteligencia y preparación para integrar todo lo que sucede en el hilo de nuestra coreografía, de nuestra improvisación, como perlas y piedras preciosas, y flores y criaturas exóticas y desconocidas, que la naturaleza hace aparecer allí, para nosotros, para nuestro disfrute.

¿Volverá a suceder? ¿Y con la misma persona?

No hay garantías para esto. Ni las personas, ni ningún código lo establecen. Solamente la libertad inherente a la amistad que podría surgir de una experiencia en común, jubilosa y satisfactoria.
 
Sin embargo, aunque deseemos que ese momento, esa experiencia y ese estado regresen, sabemos ya de sobra, si somos realistas, que nada vuelve a suceder de igual manera. Entonces, lo que el bailarín se propone es una nueva meta cada vez, es decir, desear y obrar de acuerdo con ese deseo, que la próxima vez el baile, nuestro baile, sea mejor.
 
Y aquí nos encontramos ese paradójico problema: ¿querrá la otra persona, las otras personas, eso mismo, algo llamado bailar mejor, y que significaría por lo menos aproximadamente lo mismo, o sería complementario a lo que yo denomino con esas mismas palabras?
 
Este es un problema profundo, y aparece aquí porque bailar Tango no es para nada algo superficial, lo cual requiere que tengamos el coraje y la predisposición para afrontarlo, para dedicarle tiempo, para aprender, para estudiar, para observar, investigar, cuestionar, practicar, crear, hacer, recrear y volver a hacer incontables veces, sin preocuparnos por cantidades, porque no podríamos bailar Tango sin ser generosos, comenzando con ser generosos con nosotros mismos, con nuestros cuerpos vivientes, con nuestra alegría de estar vivos.

El Tango te espera. Vení a nuestras clases.

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Para bailar, vivir para bailar.

Marcelo Solis y Mimi bailan Tango

Para bailar de verdad quizá lo que se necesite es vivir como un bailarín.

No quiero decir que para bailar se requiera dedicarse a bailar como profesión. Lo que quiero decir aquí es algo que voy a explicar a continuación con una comparación.
 
Si a mí me gustara, por ejemplo, andar en bicicleta, lo que necesitaría sería una bicicleta. Esta bicicleta sería construida en una fábrica de bicicletas. Estaría ya lista, con sus llantas infladas y su cadena perfectamente aceitada al momento de montarme en ella y empezar a pedalear.
 
El cuerpo y el alma del bailarín es como esa bicicleta. Así como sería realmente engorroso tener que fabricar una bicicleta al momento para poder montarla y pedalear, yo no podría bailar con un cuerpo que no haya sido condicionado, entrenado, preparado, es decir “fabricado” previamente para bailar. Ese proceso de “fabricación” del cuerpo y alma que baila sucede cotidianamente.
 
Como yo no podría bailar con un cuerpo que no es el de un bailarín, y ese cuerpo es el único que tengo a mi disposición desde que me levanto a la mañana, yo ya tengo en cuenta a esa hora que mi cuerpo y todo mi ser tienen que estar listos para bailar a la hora de pisar la pista de baile de la milonga.
 
Claro que cualquiera puede bailar, en cualquier momento, sin mucha preparación, porque, a mi entender, ser un ser humano es ya ser un ser que baila.
 
Pero creo que estaremos de acuerdo que bailar Tango requiere más, mucha más en sutilezas, destrezas, percepción, y consciencia que ese mínimo que es el que nos hace bailarines ya por ser humanos.

Bailar un baile como el Tango es, yo lo siento así, como filosofar acerca de lo que es importante en la vida, en cuestiones tales como el valor de la vida en sí misma, es decir: si vale la pena vivir o no, y por qué, es decir: si hay o no razones para esa respuesta; si el lenguaje nos sirve para algo aquí, si quizá no es una respuesta más apropiada callarse y bailar.
 
Ahora bien, ese callarse no es una resignación, por así decirlo, sino una celebración, ya que descubrimos que la ausencia del lenguaje común, el que hablamos todos los días, no representa ningún problema, sino que inclusive nos ayuda, en el problema más profundo de la soledad íntima del individuo.
 
El Tango, como música, como baile, como cultura y filosofía de vida, y como algo distinto de todo eso, que lo incluye, pero que genera algo mayor y diferente, un modo de existir, de vivir la vida, es algo que nos emociona, nos hace enamorarnos, nos da sentido, nos lleva a una plenitud en la siempre soñábamos vivir, eso que de chicos intuimos que era la vida. No habría que creerse que con un estudio exhaustivo y metódico de sus aspectos técnicos, con un entrenamiento y una puesta en práctica de principios objetivos, obtendremos el Tango. Apenas, con eso, que es por supuesto imprescindible, prepararíamos un suelo que quizá sea fértil para lograr bailar.

¿Qué queremos los bailarines?

Quizá dejar de ser bebés en relación a nuestros cuerpos.
 
La felicidad podría no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para una vida que encontraría su significado.
 
La felicidad sería organizarse.
 
¿Por qué el bebé deja de ser bebé?
 
Posiblemente porque siente presión del medio y tiene que reaccionar y cambiar, modificarse y desarrollar respuestas y adaptaciones a esas presiones. Lucha, se opone, se somete, se adapta o se impone.
 
El marketing parecería proponerse como una filosofía de vida según la cual hay que consumir en el presente y urgentemente todo lo que deseamos ahora, lo que hemos deseado alguna vez, y  lo que quizá deseemos en el futuro –porque quizá ya no se halle disponible en ese futuro. Pareciera que no hay alternativas que se hagan oír con claridad y las que hay son tímidas y endebles, o tercas, ciegas y sordas, que desperdician energía vital en explosiones violentas, indignas e ineficaces, o con palabrerío sin valor, pero calmante o justificativo. Esa filosofía, llamada marketing, entonces, se presenta como si fuera la única posible. Entonces, vivir parece volverse vivir dentro del mercado, es decir, algo así como vender tu vida para consumir cosas. Hasta las experiencias parecen haberse cosificado.
 
Por ejemplo: el viajar –la “experiencia” del viaje–, se ha cosificado. Oí de alguien muy sabio decir (no recuerdo quién ahora): “el único viaje posible es el viaje que hacemos hacia nuestro interior”.
 
Entonces, quizá haríamos bien en entrenar y conocer nuestro cuerpo, y en medir el valor de las consecuencias espirituales de ese entrenamiento y conocimiento; podríamos llevar esa sabiduría al terreno de nuestra relaciones sociales e íntimas, es decir, reconocernos en los otros, conocernos más en el “darnos a conocer”. Eso nos volvería bailarines.
 
Por eso creo que el marketing (como lo entienden los profesionales del marketing) no puede ayudarnos a encontrar nuevos estudiantes, o más bailarines para que vengan a las milongas para los organizadores de milongas, o para promover el Tango en general.

En la manera en como yo siento el Tango, es para mí Amistad. ¿Cómo podría comercializarse la amistad? Y dado que no encaja en el mercado, ¿deberíamos concluir que no tiene valor?

Nuestros alumnos y los maestros de nuestra escuela somos buenos amigos porque todos tenemos un amigo en común, un amigo al que queremos mucho, un amigo que se llama Tango ❤️

El Tango te espera. Vení a nuestras clases.

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Para bailar bien el Tango

Para bailar bien el Tango

Marcelo Solís bailando tango argentino con Mimi

Para bailar bien, es decir: para BAILAR, tendremos que organizar nuestra vida en esa dirección; no voy a lograr bailar bien si mi vida se desarrolla lejos de ese objetivo.
En efecto, si lo que anhelo es, por ejemplo, hacer dinero, mi vida entonces se va a orientar en esa dirección, en la dirección de abstracciones (el dinero es una abstracción), muy lejos de mi cuerpo real. 

Póngase cualquier proyecto en esta balanza y considérese a qué distancia se encontrará el objetivo principal de ese proyecto de la realización de un buen baile.

Nadie está obligado a bailar bien. Las verdades, los proyectos de vida, los deseos no pueden ser los mismos para todos.
 
Yo me inclino a pensar de esta manera: cuando llegue al final de mi vida, qué quisiera ver en la estela dejada por esa vida.
 
Imaginemos todas las vidas posibles que podríamos llevar a cabo. Tratemos de pensar y sentirlas, pesarlas, olerlas, mirarles sus colores, medir el alcance de sus rascacielos luminosos de triunfos y sus abismos negros de malos sabores.

Quizás todos vivamos en mundos diferentes, con las cosas y las personas con las que nos rodeamos. Una vida podría así desarrollarse en la dirección de una elección del mundo propio en el cual habitar.
 
Considero que, quizá, una buena manera de vivir se desarrollaría en la dirección de volverse cada vez más capaz de dirigir y seleccionar lo que se incorpora al proceso de nuestra existencia.
 
En particular, en lo que a mí respecta, prefiero lo que hace mi fisiología poderosa, mi cuerpo más versátil, adaptable y feliz, mi mente lúcida, mi espíritu liviano y bailarín.
 
Esta es la pregunta fundacional que se responde con la vida misma: ¿Cómo vivir?
¡Eso sería bailar!
Ahora bien, ¿debería yo preguntarme “para qué” y/o “para quién”?
 
Podríamos también tal vez respondernos: “hay cosas inmediatas, urgentes que resolver, vivimos en un momento preciso de la historia la cual nos condiciona, es decir, nos esclaviza y obliga a hacer cosas que no haríamos de otro modo. Pospongamos, entonces, nuestro plan, nuestra vida, hasta que hayamos resuelto el presente y respondido a todas las obligaciones implícitas en sus llamadas”.
 
La verdad, mi verdad en particular, en relación a esto, es que eternamente vamos a estar obligados con el presente. Ya nacimos así: OBLIGADOS.
 
Mi opinión en esto es la siguiente: es una cuestión de perspectiva; depende mucho de desde dónde miramos la vida, dónde nos colocamos –física y espiritualmente– para mirarla.
 
Escuchemos el tango “Me quedé mirándola”, por Anibal Troilo con Alberto Marino en voz. (Te pregunto… ¿Hay otra versión de este tema que podamos bailar?)
 
A veces la gente se va del baile, es decir, abandona el proyecto de bailar, porque chocan contra una barrera la cual no se animan a cruzar. Aunque siempre se dan a sí mismos otras excusas.
 
Yo mismo he abandonado muchas de mis vidas anteriores para alivianarme lo suficiente para poder continuar bailando.
 
¡Y no crean que no van a encontrar dudas; dudas sobre sí mismos y sobre el valor del baile!
 
Hay muchos mundos posibles, muchas realidades paralelas a las que no se pueden acceder de ninguna manera “objetiva”, como podrían ser los logros de la ciencia y la tecnología.
 
¿No pensás que habría que atreverse?
 
Pero esto es una cuestión de gustos.
 
Cuando yo veo a alguien que baila, que BAILA, veo a alguien libre. Ya su cuerpo no es ergastulum, como decía la iglesia católica en la edad media, significando “prisión del espíritu”, un espíritu que tiene que esperar hasta la muerte para ser liberado.

Cuando veo a alguien BAILANDO, veo su espíritu ya libre en la vida, ya no esperando, posponiendo, procrastinando vivir para encontrarse quizás un día con esa pregunta fundamental no solo no respondida, pero aún nunca hecha.

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Historia del Tango – Extracto: Diferencias entre “compadrito”, “guapo” y “malevo”.

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Cuchillo de compadrito | Historia del Tango.

¿Se pregunta cuál era la diferencia entre “compadrito”, “guapo” y “malevo”? Adrian Rodríguez Yemha nos ofrece los resultados de su investigación:

Compadrito:

Bailarín por naturaleza, amable, simpático, siempre de trabajo laboral honesto, pulcro, romántico, portaba cuchillo y lo sabía manejar muy bien llegado el caso.

Guapo:

Hombre cuchillero, pesado de barrio, guarda espalda de caudillos políticos, formaban familia, muchos con el tiempo hasta terminaban en un trabajo honesto.

Malevo: 

Proxeneta, rufián, pendenciero, de malos hábitos, traicionero, sin hidalguía ninguna, si podía apuñalar por la espalda lo hacía.

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